José vive huyendo de unos delincuentes que lo quieren muerto. Su refugio está en una esquina de la colonia El Duraznal. Lo vi por primera vez en noviembre de 2020. Yo solía circular en bicicleta alrededor de las siete de la tarde y lo veía preparando su pequeño colchón y colocando algunas telas como cortinas. Guardaba sus cosas en tres cajas de plástico y acumulaba cartón. Un jueves de enero de 2021 lo vi acostado sobre unos cartones; me detuve a hablar con él para preguntarle dónde estaba su colchón.
Me explica que sospecha que se lo han robado los delincuentes que viven abajo [del puente], otros vagabundos como él, pero más jóvenes que, según José, se dedican a robar. O tal vez han sido quienes se encargaron de hacer limpieza en el área donde José suele dormir; como no pudo quedarse allí mientras realizaban el trabajo de limpieza, metió su colchón en un lugar que resultó ser poco efectivo: “una bóveda”, como él le dice: un laurel con espacio entre los troncos donde se pueden meter cosas.
—¿Lo extraña?
—Pues, ¡cómo no! Sí estaba viejillo [sonríe], pero sí era más cómodo que’ l puro cartón.
Lleva pocos años vagando por las calles de León, pero muchos viviendo en la calle. Es de Guadalajara y aunque tiene familiares en el norte de León, prefiere no quedarse con ellos. Nunca me dice directamente por qué, a pesar de que se lo pregunto dos veces.
—¿Y, siente frío?
—No. No siento nadita de frío. No, si hasta me han invitado a dormir aquí —señala la casa de la esquinan—, pero yo les dije que no. ¿Yo pa´qué quiero broncas gratis?.
Me cuenta su vida en desorden; yo trato de organizarla en mi mente: nació en Guadalajara y a los ocho años se mudó con su familia a León, donde aprendió cosas del calzado, como ser puntillador y montador. Luego regresó a Guadalajara y consiguió trabajo como cargador en la Central de Abastos. Ahí tuvo problemas con unos delincuentes muy poderosos, según me cuenta. Por esa razón, decidió vivir en el anonimato y no volver con su familia para protegerse y protegerlos. Construyó una casa con tarimas de madera y guacales en una zona cercana a la Central de Abastos, pero lo encontraron y tuvo que huir de allí.
No me dice qué problemas tiene con aquellos hombres. Lo que sí me dice es que aquellos delincuentes lo quieren muerto y por eso ha tenido que escapar y vivir en diferentes ciudades del país. También menciona que son de un cártel muy poderoso de México.
—Ellos saben cuándo estoy allá en el centro, por eso me vine más para acá.
—Pensé que estaba aquí por el hospital.
Cuando el Hospital Regional estaba apenas a la vuelta de donde José duerme ahora, distintas personas donaban alimentos, por lo que los indigentes se acercaban a pedir de comer.
—Sí, también por aquí estaba el hospital y nos daban comida. Pero sí saben cuándo tengo dinero en la bolsa; lo que sea, ¡eh! Cincuenta pesos, sesenta. Lo saben.
—¿Quiénes?
—Los delincuentes… —alarga las palabras como la gente originaria de León.
—¿Y cómo lo saben?
—Pues, ¿yo cómo voy a saber?, pero sí lo saben, ¡eh!, me dicen: “A’i trais cien pesos, cabrón”.
—¿Han venido aquí?
—No, no han venido.
—Y entonces, ¿cómo se lo dicen?
—Pues, por telepatía.
José ha viajado a pie y de ride a diferentes ciudades de México, como Guadalajara, San Juan de los Lagos, Lagos de Moreno, Zacatecas, Hermosillo y Tijuana. En todas ha vivido en la calle. Cuando le pregunto qué es lo que más extraña de su vida en una casa, me dice que la comida caliente y el poder bañarse. De hecho, me comenta que cuando logra juntar cuarenta o cincuenta pesos de las ventas del cartón, va a unos baños públicos del Coecillo a asearse y a lavar su ropa.
Actualmente, se esconde de aquellos delincuentes en una zona cercana a esa esquina donde lo vi por primera vez. Sigue tratando de sobrevivir en las calles de León. Me cuenta que, en cuanto esas personas lo molesten demasiado, también huirá de aquí.
Me gustó cómo una conversación cotidiana cambia por completo nuestra percepción de José. El final deja una sensación de tristeza y desaparo.