Cuento · octubre 23, 2024

Martes 2X1

Raúl Rojas Roo

Por fin había conseguido un espacio los martes para dar mis cursos en el colegio Maupassant. El director Garrido, un hombre de mediana estatura, sesenta años y una amabilidad forzada, decidió darme una oportunidad después de escuchar mi defensa implacable de José Martí sobre Rubén Darío. Ahora, los martes tenía a mi disposición un aula para dirigir un curso de escritura. Los alumnos interesados solo tenían que unirse y participar. Cada semana planteaba un ejercicio distinto. Constantemente me repetía que esta oportunidad me abriría las puertas a un contrato permanente, una vez que el director viera mis aptitudes.

Cuando en mi clase, como la llamé desde el principio, corregía o explicaba algo a cualquiera de los muchachos, el director Garrido asentía con la cabeza y mostraba su aprobación. Estoy seguro de que es cubano, pensaba yo, por eso le gustó mi defensa de Martí. Para reforzar mi punto, solía poner ejemplos de escritores de aquel país. Él se quedaba a mientras yo dirigía el taller, seguramente para dar su visto bueno. Al terminar cada clase, caminábamos juntos hacia la cafetería, donde por lo general estaba la maestra Victoria, su esposa, que era coordinadora de algo importante en el colegio, aunque nunca supe exactamente de qué se trataba. Siempre estaba ocupada con montones de papeles y realizando llamadas telefónicas. En uno de esos martes, la escuché hablar sobre la contratación de alguien que ayudara en las oficinas y se quejó con su marido de los numerosos detalles pendientes en el colegio que requerían atención inmediata. Mientras explicaba que esa persona se encargaría de atender esos asuntos menores pero urgentes, se disculpó conmigo por su tono elevado en la mesa. “No se preocupe”, le dije, y seguí disfrutando de mi café. “Ya hablé con algunas personas para ese puesto del que habla Vicky”, me dijo el director Garrido. “La próxima semana estará por aquí Sergio, un joven que sabe de todo. No te preocupes, no estará histérica para siempre”. Sonreí avergonzado, tratando de que la maestra Victoria no me viera.

Le dije al director Garrido que la siguiente semana no podría dar mi clase porque tenía que atender un asunto personal. Él me preguntó si conocía las playas del Caribe, ignorando lo que le había dicho. Una vez más, pensé que era cubano y por eso prefería esas playas, y la maestra Victoria, por su tono de voz, debía ser de Monterrey.

—Solo he visitado Isla Mujeres cuando era niño. Casi no la recuerdo —le respondí.

—Voy a llevar a Vicky allí durante un par de semanas, a ver si se le pasa lo histérica.

Mi sonrisa fue forzada para quedar bien con el director Garrido y que la maestra Victoria no se diera cuenta. Me despedí. El director como siempre arqueó las cejas e inclinó la cabeza hacia un lado mientras me deseaba éxito, y la maestra se despidió sin apartar la vista de su celular.

El asunto que atendí el siguiente martes fue una entrevista en una farmacia. Tenía mi discurso bien preparado: mencionaría que daba clases en un colegio y que no podría trabajar los martes por la tarde. Cuando vi a la entrevistadora con un libro de Julio Cortázar en las manos, pensé que la tenía en la bolsa; pronto la convencería de darme la oportunidad de faltar los martes por la noche, hablándole del capítulo 68 de Rayuela y todo lo que sabía sobre ese libro. Finalmente, llegó mi turno. Mi corazón latía fuertemente en la garganta.

—Quería comentarle algo sobre los martes por la noche.

Ella me ignoró casi como lo hacía el director Garrido.

—Falta tu número de celular —me interrumpió con arrogancia sin importarle si parecía dura.

 En mi cabeza, ideé una respuesta ingeniosa y hasta humillante, pero no pude decirla, solo me disculpé por mi torpeza y le hablé sobre los martes por la noche, le mencioné que daba clases de escritura y que no podría asistir esos días debido a la rotación de turnos. De repente, se convirtió en la maestra Victoria, ocupada con un montón de papeles, eso y una llamada en su celular le robaron la escasa atención que tenía en mí. Pasaron unos minutos antes de que se levantara de su silla como impulsada por un resorte y me pidió que la siguiera. En uno de los pasillos de la farmacia, justo donde colgaba un enorme letrero que anunciaba “Martes 2×1”, me explicó las tareas que se realizaban allí y me dijo que podía presentarme al día siguiente si quería el empleo.

—Y aclaremos algo: no hay permisos especiales para ningún día —puntualizó.

Dejé pasar toda la semana, incluso el lunes. El martes siguiente me presenté puntual y listo con un nuevo ejercicio de escritura para los muchachos. La cafetería estaba vacía. Cuando llegué al aula, vi a un hombre de unos treinta y tantos años sentado en mi escritorio, Sergio. Estaba charlando cómodamente con el director Garrido, y la maestra Victoria estaba sentada en uno de los pupitres. Me acerqué e hice tiempo buscando nada en mi mochila. Los alumnos comenzaron a llegar. El director tomó la palabra y dijo: “Presten mucha atención todos. Sergio es experto en explicar el Romanticismo y el Modernismo. Escuchen, escuchen”. Lo dijo con un entusiasmo que nunca antes había mostrado. “Pasa, muchacho”, me dijo. “Pon atención a esto”. Escuché las tonterías que el usurpador tenía que decir, aunque debo admitir que lo hacía con elocuencia. Cuando terminó, todos aplaudieron al unísono, excepto la maestra Victoria, quien aún estaba absorta en su celular. “Ven, muchacho”, me llamó el director, “acércate y háblanos de lo que sabes sobre el Modernismo y el Romanticismo”. Sergio se volteó cuando me acerqué para saludarlo, pero fingí que iba por un plumón para no sentirme tan incómodo. Saludé a la clase y algunos aún estaban distraídos por los aplausos anteriores. No sabía qué escribir. Me sentí como un tonto cuando, casi sin controlarme, escribí la fecha en el pizarrón. Comencé a hablar, pero Sergio interrumpió mi discurso hablando en voz alta y despidiéndose de todos. Salieron juntos los tres: él, el director Garrido y su esposa. Apenas cerraron la puerta, terminé con ese tema y hablé sobre lo mío. Salí como de costumbre hacia la cafetería, pero el director seguía hablando con Sergio, y lo diferente era que la maestra Victoria también estaba incluida en la conversación. Me despedí con un “buenas noches”, pero solo recibí el silencio de todos.

En el siguiente martes, el director y su esposa se habían ido de vacaciones, y Sergio ocupaba mi salón, dirigiendo mi clase pero con su propio tema. Permanecí parado afuera, esperando que alguien me diera una explicación, pero esta nunca llegó. El siguiente fue una repetición: yo parado en la puerta y Sergio haciendo reír a los alumnos en mi aula.

Para la semana próxima, Garrido había regresado de la playa. “Hola, muchacho”, me saludó, y me informó que Victoria quería hablar conmigo. “Ya tienes el trabajo permanente”, me dijo. Un aire de grandeza entró por mis pulmones, me sentí lleno de confianza. Le di una última mirada de desprecio a Sergio y fui a la oficina de Victoria. Ella estaba ocupada en una llamada telefónica, y fue su secretaria quien me dio los detalles. “Los jefes quieren que nos ayudes aquí en la oficina con todas las tareas pendientes. Una de ellas es sacar las copias que los maestros necesiten”. En ese momento, Sergio asomó la cabeza y le entregó un papel a la secretaria, dándole instrucciones en voz baja antes de marcharse. La secretaria se volvió hacia mí y me pidió que la siguiera. En la puerta del colegio, me entregó el papel de Sergio y me indicó dónde podía hacer veintidós copias. “Por favor, entrégalas en su aula”, fueron sus últimas instrucciones.

Mientras caminaba hacia la copiadora, consideré la posibilidad de irme con el papel y así lanzar mi última estocada, aunque fuera una acción infantil, para no sentirme derrotado. Pero al final, no tuve el valor. Era demasiado tarde regresar a la farmacia por trabajo. Pedí las copias y regresé caminando despacio. Sergio me pidió que también repartiera las copias a todos en la clase. Las entregué una por una y me dirigí hacia la salida. Uno de los alumnos caminaba a mi lado y se detuvo junto al bote de basura con su lápiz y sacapuntas. “Eres mejor que él”, me dijo en voz baja, apenas audible para mí. Esas palabras no me consolaron; solo habrían tenido efecto si hubieran venido de Martí. Le sonreí al alumno como si Garrido me estuviera hablando sobre lo histérica que era Victoria. Regresé a la oficina y la secretaria me pidió que atendiera una fuga de agua en uno de los baños.

Con el tiempo, me he vuelto hábil en la reparación de problemas de plomería y electricidad. He hecho mi primer arreglo con cemento y he pintado una barda. Lavo los espejos en los baños, y para dejarlos relucientes, utilizo páginas de Rayuela.

Comentarios

Escríbeme en privado

Este mensaje llegará a mi correo; no se publicará como comentario.

Deja tu voz

Tu correo no se publica. Elige tres distintivos para acompañar tu comentario.

Tres distintivos para tu voz *

Elige tres imágenes que cuenten lo que haces o disfrutas alrededor de la literatura.

Explorar distintivos 0 / 3

Selecciona exactamente tres.