Fantasía
El nombre de Narel
Narel llegó por una puerta que no estaba allí la mañana anterior.
Había salido a caminar junto al río, siguiendo un sendero que terminaba en una pared de roca. En la pared encontró un picaporte. Lo giró, más por aburrimiento que por valor, y apareció al otro lado con barro en los zapatos y una moneda de cobre colgada al cuello. La moneda decía NAREL. Era lo único que conservaba de cuando lo dejaron, recién nacido, en una casa para huérfanos. La puerta desapareció detrás de él. Delante había una plaza. Una hormiga y un gato discutían junto a un puesto de pescado. Tenían la misma altura. El gato llevaba una cesta; la hormiga, un sombrero de paja. Se gritaban palabras que Narel no entendía.
Más allá crecían flores cuyos tallos necesitaban dos brazos para rodearlos. Entre ellas había árboles que apenas llegaban a la rodilla. Narel pensó que convenía no tocar nada. No tardaron en verlo. La hormiga se acercó, señaló la moneda y dijo:
—Narel.
Él asintió.
La hormiga abrió mucho los ojos. Después gritó:
—¡Narel!
La plaza quedó en silencio. La hormiga se llamaba Oto, o eso creyó Narel después de escuchar que otros repetían esa palabra cuando se dirigían a ella. Oto trabajaba en una habitación llena de tablillas, punzones y discos de metal. En cada disco grababa una palabra. La gente entraba, decía algo, recibía uno y se marchaba. Narel empezó ayudándolo. Primero barría las virutas, luego calentaba los metales., después aprendió a copiar los signos. No aprendió el idioma, aprendió otras cosas. Cuando una criatura decía cierta palabra y se tocaba el pecho, hablaba de sí misma; si señalaba una tablilla y luego a un niño, se refería a algo que aún no había ocurrido; dos dedos sobre la frente podían significar recuerdo; una mano cerrada alrededor de la muñeca de alguien quería decir obligación, deuda o quizá familia.
Oto hizo ese gesto varias veces con Narel. Señalaba su moneda y se sujetaba la muñeca. Decía: ¡Ajttux'e!. Narel acabó detestando aquella palabra. Una tarde encontró un disco idéntico al suyo en una caja. NAREL. Debajo había un dibujo. Un hombre sostenía sostenía una espada delante de un puente mientras detrás de él huían otros. Al otro extremo aparecían criaturas con hocicos largos y patas de ave. El hombre del dibujo moría en la última viñeta. Oto entró, vio el disco en las manos de Narel y no intentó quitárselo. Sacó una hoja de papel y dibujó una mujer, luego una puerta. Después dibujó a la mujer sosteniendo a un recién nacido, señaló el disco antiguo, señaló al niño y finalmente señaló a Narel.
Narel se llevó una mano al cuello. Por primera vez comprendió algo sin necesitar palabras. Su madre había estado allí y había tomado su nombre de un muerto.
Tres días después sonaron los cuernos. Las criaturas de hocico largo aparecieron al otro lado del río. Eran las mismas del dibujo. La plaza se vació; los puestos cerraron. Los habitantes arrancaron los árboles pequeños del suelo y los clavaron delante de las puertas como estacas. Oto abrió una caja. Dentro había una espada. La hoja parecía vidrio, pero soltaba vapor al tocar el aire, hielo rojo. Oto se la ofreció pero Narel retrocedió. No sabía blandir una espada. Oto señaló su moneda, después el puente. Narel entendió. También los demás.
Lo rodearon mientras tocaban el disco de su cuello, señalaban el puente y pronunciaban su nombre. No el nombre de él, pensó, sino el del hombre muerto. Por un momento quiso obedecer. Aquello era lo peor. No sabía nada de su madre. Ni su voz, ni su cara, ni por qué lo había dejado. Solo tenía una palabra elegida por ella y, de pronto, esa palabra parecía contener instrucciones: Ve al puente. quédate allí y muere si hace falta.
Narel tomó la espada y la multitud gritó.
El puente cayó antes de que pudiera cruzarlo. Una parte se hundió en el río y la otra quedó inclinada sobre el agua. Las criaturas avanzaban por la ribera contraria. Narel buscó una embarcación, una góndola de las del día anterior habría servido. No había ninguna. Solo las flores. Una de ellas crecía junto al agua, su hoja flotaba sobre la corriente y podía sostener a tres hombres. Narel cortó el tallo con la espada de hielo rojo, empujó la hoja hasta el río y se subió. Oto gritó algo desde la orilla.
—No sé qué dices —respondió Narel.
La corriente lo llevó río abajo, no hacia el enemigo. Lejos de él, los habitantes comenzaron a gritarle. Narel casi pudo entenderlos. Cobarde. El otro Narel no habría hecho eso. Entonces vio lo que buscaba. Los árboles pequeños crecían en grupos junto al borde del agua. Sus raíces formaban una malla dentro de la tierra. Narel saltó de la hoja, cortó tres, cuatro, siete raíces. La ribera cedió. El agua entró por debajo del suelo. Las criaturas de hocico largo corrieron hacia el puente, pero ya era tarde. Un tramo entero de tierra cayó al río con ellas encima. Las que quedaron retrocedieron.
Narel no las persiguió por poco más de una hora; regresó caminando, cansado, sin levantar la espada. Esa noche nadie durmió. Encendieron lámparas dentro de las flores y la plaza quedó cubierta por una luz que se movía con los pétalos. Oto encontró a Narel sentado junto a la puerta por la que había llegado. El viejo artesano llevaba dos discos. de los que uno decía NAREL. El otro estaba vacío. Se sentó a su lado y puso ambos en el suelo. Luego señaló el primero, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos como un muerto. Señaló el segundo. Después señaló a Narel. Esta vez no dijo ajttux'e. Narel tomó el disco vacío y lo sostuvo por un momentom luego lo devolvió. Eso sí, conservó el suyo. Oto frunció el ceño. Narel tocó la palabra grabada en el cobre, señaló el puente roto y después se señaló a sí mismo.
—El primero hizo lo suyo —dijo—. Yo hice lo mío.
Oto no entendió las palabras. Pero sonrió. Narel abrió la puerta. Antes de cruzarla miró una última vez la plaza, las flores que servían de techo y los árboles que ya empezaban a plantar de nuevo. Después volvió al sendero junto al río. La puerta desapareció.
Narel siguió caminando hasta su casa. Por primera vez desde niño, la moneda que llevaba al cuello no le pareció una respuesta. Solo un nombre.
Había salido a caminar junto al río, siguiendo un sendero que terminaba en una pared de roca. En la pared encontró un picaporte. Lo giró, más por aburrimiento que por valor, y apareció al otro lado con barro en los zapatos y una moneda de cobre colgada al cuello. La moneda decía NAREL. Era lo único que conservaba de cuando lo dejaron, recién nacido, en una casa para huérfanos. La puerta desapareció detrás de él. Delante había una plaza. Una hormiga y un gato discutían junto a un puesto de pescado. Tenían la misma altura. El gato llevaba una cesta; la hormiga, un sombrero de paja. Se gritaban palabras que Narel no entendía.
Más allá crecían flores cuyos tallos necesitaban dos brazos para rodearlos. Entre ellas había árboles que apenas llegaban a la rodilla. Narel pensó que convenía no tocar nada. No tardaron en verlo. La hormiga se acercó, señaló la moneda y dijo:
—Narel.
Él asintió.
La hormiga abrió mucho los ojos. Después gritó:
—¡Narel!
La plaza quedó en silencio. La hormiga se llamaba Oto, o eso creyó Narel después de escuchar que otros repetían esa palabra cuando se dirigían a ella. Oto trabajaba en una habitación llena de tablillas, punzones y discos de metal. En cada disco grababa una palabra. La gente entraba, decía algo, recibía uno y se marchaba. Narel empezó ayudándolo. Primero barría las virutas, luego calentaba los metales., después aprendió a copiar los signos. No aprendió el idioma, aprendió otras cosas. Cuando una criatura decía cierta palabra y se tocaba el pecho, hablaba de sí misma; si señalaba una tablilla y luego a un niño, se refería a algo que aún no había ocurrido; dos dedos sobre la frente podían significar recuerdo; una mano cerrada alrededor de la muñeca de alguien quería decir obligación, deuda o quizá familia.
Oto hizo ese gesto varias veces con Narel. Señalaba su moneda y se sujetaba la muñeca. Decía: ¡Ajttux'e!. Narel acabó detestando aquella palabra. Una tarde encontró un disco idéntico al suyo en una caja. NAREL. Debajo había un dibujo. Un hombre sostenía sostenía una espada delante de un puente mientras detrás de él huían otros. Al otro extremo aparecían criaturas con hocicos largos y patas de ave. El hombre del dibujo moría en la última viñeta. Oto entró, vio el disco en las manos de Narel y no intentó quitárselo. Sacó una hoja de papel y dibujó una mujer, luego una puerta. Después dibujó a la mujer sosteniendo a un recién nacido, señaló el disco antiguo, señaló al niño y finalmente señaló a Narel.
Narel se llevó una mano al cuello. Por primera vez comprendió algo sin necesitar palabras. Su madre había estado allí y había tomado su nombre de un muerto.
Tres días después sonaron los cuernos. Las criaturas de hocico largo aparecieron al otro lado del río. Eran las mismas del dibujo. La plaza se vació; los puestos cerraron. Los habitantes arrancaron los árboles pequeños del suelo y los clavaron delante de las puertas como estacas. Oto abrió una caja. Dentro había una espada. La hoja parecía vidrio, pero soltaba vapor al tocar el aire, hielo rojo. Oto se la ofreció pero Narel retrocedió. No sabía blandir una espada. Oto señaló su moneda, después el puente. Narel entendió. También los demás.
Lo rodearon mientras tocaban el disco de su cuello, señalaban el puente y pronunciaban su nombre. No el nombre de él, pensó, sino el del hombre muerto. Por un momento quiso obedecer. Aquello era lo peor. No sabía nada de su madre. Ni su voz, ni su cara, ni por qué lo había dejado. Solo tenía una palabra elegida por ella y, de pronto, esa palabra parecía contener instrucciones: Ve al puente. quédate allí y muere si hace falta.
Narel tomó la espada y la multitud gritó.
El puente cayó antes de que pudiera cruzarlo. Una parte se hundió en el río y la otra quedó inclinada sobre el agua. Las criaturas avanzaban por la ribera contraria. Narel buscó una embarcación, una góndola de las del día anterior habría servido. No había ninguna. Solo las flores. Una de ellas crecía junto al agua, su hoja flotaba sobre la corriente y podía sostener a tres hombres. Narel cortó el tallo con la espada de hielo rojo, empujó la hoja hasta el río y se subió. Oto gritó algo desde la orilla.
—No sé qué dices —respondió Narel.
La corriente lo llevó río abajo, no hacia el enemigo. Lejos de él, los habitantes comenzaron a gritarle. Narel casi pudo entenderlos. Cobarde. El otro Narel no habría hecho eso. Entonces vio lo que buscaba. Los árboles pequeños crecían en grupos junto al borde del agua. Sus raíces formaban una malla dentro de la tierra. Narel saltó de la hoja, cortó tres, cuatro, siete raíces. La ribera cedió. El agua entró por debajo del suelo. Las criaturas de hocico largo corrieron hacia el puente, pero ya era tarde. Un tramo entero de tierra cayó al río con ellas encima. Las que quedaron retrocedieron.
Narel no las persiguió por poco más de una hora; regresó caminando, cansado, sin levantar la espada. Esa noche nadie durmió. Encendieron lámparas dentro de las flores y la plaza quedó cubierta por una luz que se movía con los pétalos. Oto encontró a Narel sentado junto a la puerta por la que había llegado. El viejo artesano llevaba dos discos. de los que uno decía NAREL. El otro estaba vacío. Se sentó a su lado y puso ambos en el suelo. Luego señaló el primero, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos como un muerto. Señaló el segundo. Después señaló a Narel. Esta vez no dijo ajttux'e. Narel tomó el disco vacío y lo sostuvo por un momentom luego lo devolvió. Eso sí, conservó el suyo. Oto frunció el ceño. Narel tocó la palabra grabada en el cobre, señaló el puente roto y después se señaló a sí mismo.
—El primero hizo lo suyo —dijo—. Yo hice lo mío.
Oto no entendió las palabras. Pero sonrió. Narel abrió la puerta. Antes de cruzarla miró una última vez la plaza, las flores que servían de techo y los árboles que ya empezaban a plantar de nuevo. Después volvió al sendero junto al río. La puerta desapareció.
Narel siguió caminando hasta su casa. Por primera vez desde niño, la moneda que llevaba al cuello no le pareció una respuesta. Solo un nombre.
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