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Fantasía

El cazador de Zäru

Me llamo Azaza, nombre que mi madre eligió porque, según ella, debía poder encontrar el camino de regreso incluso cuando se pronunciara al revés. Vivo en Semba, un poblado rodeado por los bosques de Uru, donde las abuelas aseguran que todo animal visible tiene un hermano que prefiere permanecer escondido.

Yo soy cazador de criaturas raras. No de ciervos ni de aves. Cazo salamandras que duermen dentro de las piedras, mariposas que solo vuelan cuando alguien miente y pequeños duendes de río que cambian de nombre y color cada amanecer. Pero me falta una criatura: Zäru.

Nadie sabe describirla igual. Unos dicen que tiene cuatro patas y seis ojos. Otros, que parece un pájaro cubierto de pelo. Mi abuelo juraba que era blanca durante el día y negra por la noche. Lo único en lo que todos coinciden es esto: Nadie ha atrapado jamás a Zäru.

Los grandes cazadores de la antigüedad —Menka, Sefu y el viejo Tarem— desaparecen durante años buscándola. Regresan con leones, monos, gacelas o zorros dentro de sus jaulas, pero nunca con Zäru.

Yo quiero ser el primero.

Durante siete lunas sigo huellas imposibles. Encuentro una pluma debajo de la tierra, una pisada sobre una roca y un mechón de pelo colgando de una estrella de espino. El resto de los cazadores se burla.

—Azaza persigue el viento —dicen.

Hasta que una madrugada escucho un grito en el bosque. No parece de animal ni de persona. Lo sigo. Entre los árboles encuentro a Zäru. Es pequeña. Mucho más pequeña de lo que cuentan las historias. Tiene patas finas de gacela, orejas largas y una cola que parece hecha con humo. Su pelaje cambia de color cuando mueve la cabeza. Por un instante es dorado; después azul; después tiene el mismo verde de las hojas. Tiemblo. Lanzo mi red y Zäru cae.

—Te tengo —susurro.

Corro hacia ella y cierro la red con un nudo. Entonces ocurre algo terrible. La criatura deja de brillar. Su cola pierde el humo. Sus orejas se acortan. El azul desaparece de su piel. Frente a mí queda solamente una liebre, una simple liebre común. Me quedo mirándola y comprendo. Menka atrapó a Zäru, Sefu también, Tarem de igual manera, todos la atraparon. Por eso regresaron con animales comunes.

Zäru no es una criatura que nadie puede atrapar, más bien, Zäru es una criatura que deja de ser Zäru cuando alguien la atrapa.

Ya lo tienes. Puedes llevar la liebre al pueblo y decir que antes era Zäru. No te van a creer. Entonces quédate con ella, pero serás como los otros.

Miro los ojos asustados de la liebre. 

Vamos, Azaza. Tú querías ser legendario.

Abro la red y la liebre salta. Al tercer salto vuelve a crecerle la cola de humo. Al quinto, su cuerpo se vuelve azul. Zäru está otra vez frente a mí, libre.

Ya sabes cuál es el truco, Azaza, hazlo.

No me cuesta mucho volver a atrapar a Zäru. Aseguro el nudo con cuidado y dejo la red bajo la sombra de un árbol. La criatura permanece allí, quieta, común, con el aspecto de una liebre que cualquier cazador podría encontrar en los bosques de Uru. Corro hasta Semba.

—¡Vengan! ¡He atrapado a Zäru!

Se ríen de mí.

—Entonces tráela —dice uno de los cazadores.

—No. Tienen que venir ustedes.

Un grupo de niños es el primero en seguirme. Luego vienen sus madres, los ancianos y, por último, los cazadores, más por curiosidad que por confianza. Cuando llegamos al árbol, señalo la red. Dentro solo hay una liebre. Las risas comienzan enseguida. 

—¿Esa es tu gran Zäru?

No respondo. Me arrodillo junto a la red. Esta es tu última oportunidad, Azaza. Deshago el nudo y la liebre sale de un salto. Al primero, sus orejas se alargan. Al segundo, su pelaje se vuelve dorado. Al tercero, una franja azul le cruza el lomo y al cuarto, su cola comienza a deshacerse como humo. Nadie se ríe ya. Zäru se detiene frente al bosque y nos mira. Libre, vuelve a ser lo que siempre ha sido. Los niños gritan. Los ancianos se llevan las manos al pecho. Incluso los viejos cazadores retroceden, porque comprenden que están viendo a la criatura de las historias. Entonces Zäru desaparece entre los árboles. Y por primera vez, hay otros ojos además de los míos que pueden jurar que existe. La gente pronuncia mi nombre.

—¡Azaza encontró a Zäru! ¡Azaza encontró a Zäru!

Al amanecer, los ancianos escriben mi hazaña junto a las de los antiguos cazadores. Pero cuando intento volver al bosque, descubro que ya no puedo escuchar a las salamandras dentro de las piedras. Las mariposas mentirosas huyen de mí. Los senderos secretos desaparecen. La magia del bosque me ha cobrado su precio. Desde ese día cazo conejos, ciervos y aves. Soy un cazador de animales comunes. Nunca llego a ser legendario. A veces mi conciencia vuelve a preguntarme, ¿Te arrepientes?

Miro hacia la colina. En ciertas noches aparece una cola de humo entre los árboles y los niños corren a buscar a sus padres. Entonces sonrío.

—Déjenla, no.

Porque los grandes cazadores atraparon a Zäru y regresaron con una criatura cualquiera. Yo soy el único que comprende que, para encontrar ciertas maravillas, hay que saber dejarlas escapar.
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Comentarios 1

hace 1 mes

Me pasó lo mismo que con las serie, que comienzo a verlas cuando no están las temporadas terminadas.

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