Thriller psicológico
Condiciones idénticas (Capítulos 4 al 6)
Capítulo 4
No habló de aquello con nadie. Al principio porque no tenía nada que contar, después porque habría tenido demasiado. Su colega Martín encontró sobre su escritorio un plano impreso de la intersección.
—¿Otro trabajo?
Elena dobló el papel.
—Algo así.
—¿Leyenda nueva?
—Accidente vial.
Él no preguntó más.
Elena agradeció que no preguntara y, al mismo tiempo, sintió cierta molestia. Aquella tarde impartió una clase sobre testimonios extraordinarios. Explicó a sus alumnos que la certeza subjetiva carecía de valor probatorio.
—Una persona puede estar absolutamente segura de algo y estar absolutamente equivocada.
Una muchacha de la primera fila levantó la mano.
—¿Entonces cómo sabes que algo sí pasó?
—Porque puedes comprobarlo.
—¿Todo?
Elena sonrió.
—Todo lo que merece ser afirmado como un hecho.
Mientras lo decía pensó en los faros.
La tercera semana llevó una cinta métrica. Esperó hasta las dos de la mañana. Midió desde el punto donde había empezado a virar hasta la mancha de aceite, aunque apenas quedaba ya una sombra oscura sobre el pavimento. Once metros. Luego midió desde allí hasta la esquina. Veintisiete. Anotó todo en una libreta. Sentada en el coche hizo varios cálculos. Si el otro vehículo se desplazaba a la velocidad que ella recordaba, habría recorrido aproximadamente veintidós metros por segundo. No podía haberse detenido. no podía haber retrocedido. No podía haber doblado sin que ella lo viera. Escribió: Percepción defectuosa. Debajo: Fuente lumínica confundida con vehículo. Después: Microepisodio disociativo.
Lo último la irritó. Tachó la frase. No había sufrido ningún episodio disociativo, dormía bien, no bebía, no consumía medicamentos, no tenía antecedentes neurológicos… Y había visto un automóvil. Cerró la libreta. Al levantar la vista creyó distinguir unos faros al fondo de la calle. Su corazón aceleró. Era un taxi. Pasó junto a ella sin reducir la velocidad. Elena lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de una esquina. Así era como desaparecían los automóviles. Desplazándose hasta un lugar desde el cual ya no podían verse.
Un mes después comenzó a realizar pruebas. Al principio eran inofensivas. Dejó una botella de agua junto a la acera para comprobar cuánto tardaba en ser aplastada. Luego vertió un poco de agua en el punto exacto donde había derrapado y observó el reflejo de los faros sobre el pavimento húmedo. Nada. Probó desde distintas posiciones. Compró un espejo pequeño. Colocó una lámina metálica junto a una señal. Una noche llevó una lámpara portátil de gran potencia. Nada reprodujo aquello. La conclusión correcta era evidente. La experiencia no podía reproducirse porque su recuerdo era incorrecto. Elena lo escribió en la libreta: Hipótesis más probable: reconstrucción posterior. Se quedó mirando la frase por un momento, luego añadió: ¿Posterior a qué?
Capítulo 5
El primer aceite lo obtuvo del taller. No tuvo que robarlo. El dueño había dejado dos garrafas de aceite usado junto a un contenedor. Elena condujo diez minutos antes de regresar. Las garrafas seguían allí. Metió una en la cajuela. En casa la dejó durante tres días junto a las herramientas. No tenía intención de usarla. Era importante que esto quedara claro, aunque no hubiera nadie a quien aclarárselo. La había recogido porque necesitaba conocer las características del líquido que probablemente había provocado su derrape. Viscosidad, cantidad, distribución. Eso era todo. El sábado siguiente llevó la garrafa al cruce. Eran casi las tres de la mañana. Vertió una pequeña cantidad junto al borde de la calle. Un vaso, quizá menos. Luego se estacionó a setenta metros. Pasaron seis vehículos; ninguno tuvo problemas. Elena volvió a casa decepcionada. Durante el desayuno comprendió lo absurdo de su conducta y tiró la libreta a la basura. A las cuatro de la tarde la recuperó.
La semana siguiente utilizó medio litro. No ocurrió nada. A la siguiente, un litro. Un automóvil derrapó ligeramente. El conductor corrigió la trayectoria y continuó. Elena sintió algo que al principio confundió con miedo. Después comprendió que era excitación. Había ocurrido. no aquello, por supuesto, pero sí algo. Apuntó la matrícula. Durante veinte minutos permaneció en el coche intentando decidir si debía seguirlo. No lo hizo. En la libreta escribió: Reacción: frenado tardío. Pérdida lateral menor. Sin detención. Después de pensarlo añadió: No vio nada. En realidad, no podía saberlo. Tachó la frase.
Volvió a escribirla.
Capítulo 6
El primer accidente ocurrió el 7 de noviembre. Elena recordaría la fecha porque era el cumpleaños de su madre. Había vertido aproximadamente dos litros y medio. La temperatura era de nueve grados. No llovía. El pavimento estaba seco. Había escogido el lugar exacto. A las 23:43 apareció un coche gris. No iba particularmente rápido. Elena vio cómo iniciaba el giro, cómo las ruedas delanteras perdían adherencia y cómo el vehículo se desplazaba hacia la banqueta. Golpeó una señal de tránsito. El sonido fue sorprendentemente pequeño. Elena permaneció agachada detrás de un muro. El conductor salió por su propio pie. Era un hombre de unos cincuenta años. Miró el coche, miró la carretera y después sacó el teléfono. Elena sintió alivio. No había muerto. Esperó. El hombre habló con alguien. Después se acercó al pavimento y observó la mancha. No miró hacia la calle por la que deberían haber aparecido los faros. Ni una vez.
Elena tuvo que contener el impulso de acercarse. ¿Había visto algo? Necesitaba preguntárselo, pero no podía. La policía llegó dieciséis minutos después. Uno de los agentes iluminó la calle con una linterna. Elena se marchó antes de que encontraran la garrafa vacía que había dejado detrás del muro. Aquella noche no durmió, no por culpa sino por el error: había dejado la garrafa.
No habló de aquello con nadie. Al principio porque no tenía nada que contar, después porque habría tenido demasiado. Su colega Martín encontró sobre su escritorio un plano impreso de la intersección.
—¿Otro trabajo?
Elena dobló el papel.
—Algo así.
—¿Leyenda nueva?
—Accidente vial.
Él no preguntó más.
Elena agradeció que no preguntara y, al mismo tiempo, sintió cierta molestia. Aquella tarde impartió una clase sobre testimonios extraordinarios. Explicó a sus alumnos que la certeza subjetiva carecía de valor probatorio.
—Una persona puede estar absolutamente segura de algo y estar absolutamente equivocada.
Una muchacha de la primera fila levantó la mano.
—¿Entonces cómo sabes que algo sí pasó?
—Porque puedes comprobarlo.
—¿Todo?
Elena sonrió.
—Todo lo que merece ser afirmado como un hecho.
Mientras lo decía pensó en los faros.
La tercera semana llevó una cinta métrica. Esperó hasta las dos de la mañana. Midió desde el punto donde había empezado a virar hasta la mancha de aceite, aunque apenas quedaba ya una sombra oscura sobre el pavimento. Once metros. Luego midió desde allí hasta la esquina. Veintisiete. Anotó todo en una libreta. Sentada en el coche hizo varios cálculos. Si el otro vehículo se desplazaba a la velocidad que ella recordaba, habría recorrido aproximadamente veintidós metros por segundo. No podía haberse detenido. no podía haber retrocedido. No podía haber doblado sin que ella lo viera. Escribió: Percepción defectuosa. Debajo: Fuente lumínica confundida con vehículo. Después: Microepisodio disociativo.
Lo último la irritó. Tachó la frase. No había sufrido ningún episodio disociativo, dormía bien, no bebía, no consumía medicamentos, no tenía antecedentes neurológicos… Y había visto un automóvil. Cerró la libreta. Al levantar la vista creyó distinguir unos faros al fondo de la calle. Su corazón aceleró. Era un taxi. Pasó junto a ella sin reducir la velocidad. Elena lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de una esquina. Así era como desaparecían los automóviles. Desplazándose hasta un lugar desde el cual ya no podían verse.
Un mes después comenzó a realizar pruebas. Al principio eran inofensivas. Dejó una botella de agua junto a la acera para comprobar cuánto tardaba en ser aplastada. Luego vertió un poco de agua en el punto exacto donde había derrapado y observó el reflejo de los faros sobre el pavimento húmedo. Nada. Probó desde distintas posiciones. Compró un espejo pequeño. Colocó una lámina metálica junto a una señal. Una noche llevó una lámpara portátil de gran potencia. Nada reprodujo aquello. La conclusión correcta era evidente. La experiencia no podía reproducirse porque su recuerdo era incorrecto. Elena lo escribió en la libreta: Hipótesis más probable: reconstrucción posterior. Se quedó mirando la frase por un momento, luego añadió: ¿Posterior a qué?
Capítulo 5
El primer aceite lo obtuvo del taller. No tuvo que robarlo. El dueño había dejado dos garrafas de aceite usado junto a un contenedor. Elena condujo diez minutos antes de regresar. Las garrafas seguían allí. Metió una en la cajuela. En casa la dejó durante tres días junto a las herramientas. No tenía intención de usarla. Era importante que esto quedara claro, aunque no hubiera nadie a quien aclarárselo. La había recogido porque necesitaba conocer las características del líquido que probablemente había provocado su derrape. Viscosidad, cantidad, distribución. Eso era todo. El sábado siguiente llevó la garrafa al cruce. Eran casi las tres de la mañana. Vertió una pequeña cantidad junto al borde de la calle. Un vaso, quizá menos. Luego se estacionó a setenta metros. Pasaron seis vehículos; ninguno tuvo problemas. Elena volvió a casa decepcionada. Durante el desayuno comprendió lo absurdo de su conducta y tiró la libreta a la basura. A las cuatro de la tarde la recuperó.
La semana siguiente utilizó medio litro. No ocurrió nada. A la siguiente, un litro. Un automóvil derrapó ligeramente. El conductor corrigió la trayectoria y continuó. Elena sintió algo que al principio confundió con miedo. Después comprendió que era excitación. Había ocurrido. no aquello, por supuesto, pero sí algo. Apuntó la matrícula. Durante veinte minutos permaneció en el coche intentando decidir si debía seguirlo. No lo hizo. En la libreta escribió: Reacción: frenado tardío. Pérdida lateral menor. Sin detención. Después de pensarlo añadió: No vio nada. En realidad, no podía saberlo. Tachó la frase.
Volvió a escribirla.
Capítulo 6
El primer accidente ocurrió el 7 de noviembre. Elena recordaría la fecha porque era el cumpleaños de su madre. Había vertido aproximadamente dos litros y medio. La temperatura era de nueve grados. No llovía. El pavimento estaba seco. Había escogido el lugar exacto. A las 23:43 apareció un coche gris. No iba particularmente rápido. Elena vio cómo iniciaba el giro, cómo las ruedas delanteras perdían adherencia y cómo el vehículo se desplazaba hacia la banqueta. Golpeó una señal de tránsito. El sonido fue sorprendentemente pequeño. Elena permaneció agachada detrás de un muro. El conductor salió por su propio pie. Era un hombre de unos cincuenta años. Miró el coche, miró la carretera y después sacó el teléfono. Elena sintió alivio. No había muerto. Esperó. El hombre habló con alguien. Después se acercó al pavimento y observó la mancha. No miró hacia la calle por la que deberían haber aparecido los faros. Ni una vez.
Elena tuvo que contener el impulso de acercarse. ¿Había visto algo? Necesitaba preguntárselo, pero no podía. La policía llegó dieciséis minutos después. Uno de los agentes iluminó la calle con una linterna. Elena se marchó antes de que encontraran la garrafa vacía que había dejado detrás del muro. Aquella noche no durmió, no por culpa sino por el error: había dejado la garrafa.
Comparte este texto
Valoración
El promedio es público. La identidad de quienes votan es privada.
Este texto todavía no tiene valoraciones.
Comentarios 0
Inicia sesión para comentar.