Saltar al contenido
Quiénes Cuentan OnlineCommunitas Scriptorum

Thriller psicológico

Condiciones idénticas (Capítulos 1 al 3)

Capítulo 1

El automóvil apareció cuando Elena ya había empezado a girar.

No lo vio acercarse. No vio cómo entraba en el cruce ni de cuál de las dos calles había salido. Un segundo antes no había nada frente a ella y al siguiente dos faros blancos ocupaban el parabrisas entero.

Pensó que iba a morir.

No fue una idea formulada. No hubo tiempo para palabras. Su pie encontró el freno, las manos se aferraron al volante y el cuerpo se preparó, con una eficacia que después le resultaría humillante, para recibir el golpe. El golpe no llegó. El coche patinó.

Giró casi por completo sobre sí mismo y quedó atravesado en medio del cruce, con el motor encendido y Elena inclinada sobre el volante. Durante varios segundos no levantó la cabeza. Esperaba el dolor. Después esperó el ruido de otro accidente.

Después nada.

Cuando finalmente miró, la calle estaba vacía. Giró hacia la derecha. Nada. Hacia la izquierda. Nada. En el espejo retrovisor, nada. El semáforo de la avenida siguiente cambiaba de rojo a verde sin que hubiera un solo vehículo esperando. Una ventana iluminada en el segundo piso de una casa. El anuncio azul de una farmacia. Un perro detrás de una reja.

Elena bajó del coche.

Fue entonces cuando olió el aceite. Había una mancha extendida sobre el asfalto, negra y brillante bajo la luz amarillenta de una farola. Se agachó. No hacía falta tocarla. Unos metros más atrás se distinguía la trayectoria de sus neumáticos.

Miró nuevamente las calles.

Un automóvil que hubiera venido hacia ella a aquella velocidad habría necesitado continuar por alguna parte. No podía haberse detenido. No podía haber dado vuelta. No podía haber desaparecido. Elena sabía bien que las personas utilizaban esa palabra con demasiada facilidad. Desaparecer. Nada desaparecía. Las cosas se iban, eran retiradas, quedaban ocultas o nunca habían estado allí.

Regresó al coche.

Tardó casi diez minutos en conseguir que sus manos dejaran de temblar lo suficiente para conducir.


Capítulo 2

Durante doce años Elena había estudiado relatos de cosas que no existían. Prefería llamarlos relatos de experiencia extraordinaria. Era una expresión menos arrogante que superstición y considerablemente menos estúpida que fenómenos paranormales. Daba clases de antropología cultural dos días por semana y el resto del tiempo trabajaba en un pequeño instituto universitario dedicado al estudio de tradiciones orales contemporáneas. Había publicado artículos sobre mujeres que aparecían junto a carreteras, niños desaparecidos en centros comerciales, llamadas telefónicas de muertos, fotografías en las que alguien descubría después un rostro que nadie recordaba haber visto.

No investigaba fantasmas. Investigaba personas que creían haberlos visto. La diferencia le parecía importante. Dos semanas antes había enviado a una revista un ensayo titulado El fantasma mental: memoria, expectativa y reconstrucción de la experiencia anómala. La tesis era sencilla: una persona no necesitaba mentir para contar algo que nunca había sucedido.

La memoria no era una grabación. Era una narración, y las narraciones mejoraban con el tiempo. A la mañana siguiente volvió al cruce. Lo hizo a las nueve y cuarto, cuando había suficiente tránsito para obligarla a estacionarse media calle más abajo. La mancha de aceite seguía allí. Aquello le produjo un alivio desproporcionado. Al menos esa parte había sido real. Cruzó caminando tres veces. Desde la calle por la que supuestamente había aparecido el automóvil podía verse el cruce desde casi cien metros. No había curvas, árboles ni edificios capaces de ocultar un vehículo.

Calculó la distancia. Volvió a calcularla.

Un automóvil a ochenta kilómetros por hora habría necesitado varios segundos para recorrer aquel tramo. Ella habría tenido que verlo. A cincuenta, todavía más. Entró en la farmacia y compró unas aspirinas que no necesitaba.

—¿Anoche hubo un accidente aquí afuera?

La muchacha de la caja negó con la cabeza.

—Que yo sepa, no.

—Como a las once.

—Yo salí a las doce. No vi nada.

Elena pagó.

Antes de irse preguntó:

—¿Hay cámaras afuera?

La muchacha señaló hacia el techo.

—Sólo adentro.

Elena sonrió.

—Claro.


Capítulo 3

Durante los siguientes días hizo lo que siempre recomendaba hacer antes de aceptar una explicación extraordinaria: Buscó una explicación ordinaria.

Consultó reportes de tránsito. No había accidentes registrados aquella noche. Buscó publicaciones de vecinos. Nada. Revisó periódicos locales, grupos de Facebook y Whatsapp, fotografías, videos. Nada. Una semana después consiguió hablar con el dueño del taller situado dos calles más arriba. Le preguntó si algún cliente había perdido aceite recientemente. El hombre se rio.

—Todos pierden aceite.

Ella también se rio. Era una mala pregunta. Le explicó que había derrapado.

—Puede ser aceite, diésel, líquido hidráulico. Quién sabe.

—¿Y podría haberlo tirado un coche al pasar?

—Claro.

Eso resolvía el aceite, pero no resolvía los faros. Elena intentó reproducir mentalmente el momento. Había reducido la velocidad. Direccional izquierda. Miró hacia adelante. No venía nadie. Comenzó a girar. Faros, frenó, patinó. Nada.

Quizá los faros pertenecían a un automóvil que no venía hacia ella. Aquella explicación la tranquilizó durante aproximadamente una hora. Volvió esa misma noche. Estacionó cerca del cruce y observó. Cuando un coche se aproximaba por la avenida principal, sus luces podían reflejarse en los escaparates, en los espejos de otros vehículos, incluso en la superficie metálica de una puerta de garaje. Pero ninguna reflexión podía llenar el parabrisas como lo habían hecho aquellos faros. Probó también con un automóvil que dobló desde una calle paralela. No. Con una motocicleta. No. Con un camión. Tampoco. A las doce y veinte se fue a casa.

A la noche siguiente regresó.

Comparte este texto

Valoración

El promedio es público. La identidad de quienes votan es privada.

Este texto todavía no tiene valoraciones.

Comentarios 0

Inicia sesión para comentar.