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Thriller psicológico

Condiciones idénticas (Capítulo 7)

Capítulo 7

Los periódicos no publicaron nada. Elena buscó durante dos días y finalmente encontró una mención en un grupo vecinal. Otro accidente en el cruce de Hidalgo y Fresno. Cuidado, parece que había aceite. Otro. La palabra le llamó la atención. Preguntó desde una cuenta falsa: ¿Han ocurrido más? Una mujer respondió: Hace años hubo varios. Elena sintió que algo se movía dentro de ella. Escribió inmediatamente: ¿Cuándo? La mujer no respondió. Elena buscó durante horas y por fin encontró dos accidentes ocurridos once y trece años atrás. Uno mortal. Un muchacho de veintidós años había perdido el control de su vehículo a las once y diez de la noche. No había registros accesibles sobre aceite. Tampoco sobre otro automóvil. Elena imprimió la nota. La llevó al instituto. La leyó tantas veces que acabó sabiendo de memoria el nombre del muerto: Daniel Rivas, veintidós años, estudiante. Murió en el hospital.

Aquella noche volvió al cruce. Por primera vez tuvo miedo antes de llegar.

El segundo accidente no debía ocurrir. Elena utilizó menos aceite, apenas lo suficiente para provocar un derrape, no para sacar un vehículo de la carretera. Eso había calculado. Pero los cálculos dependían de demasiadas variables, velocidad, neumáticos, peso, reflejos. El coche era pequeño y antiguo. Cuando comenzó a girar, la parte trasera se desplazó hacia afuera. El conductor intentó corregir, giró demasiado el volante y cruzó al carril contrario. Un camión lo embistió. Elena oyó primero el golpe y luego los cristales. No vio el cuerpo.

Se marchó.

En casa encendió la televisión. Apagó la televisión. Preparó café. Lo dejó enfriarse. A las cuatro de la mañana buscó noticias. Nada. A las seis apareció una nota breve. La conductora tenía treinta y nueve años. Murió en el lugar. Elena leyó el nombre, luego volvió al inicio de la noticia. No había testigos que mencionaran otro vehículo. Leyó los comentarios. Uno decía que aquel cruce era peligroso. Otro culpaba al municipio. Otro aseguraba que los jóvenes conducían como locos, aunque la mujer muerta no era joven.

Elena cerró la página. Pensó: Tampoco ella. La frase llegó completa. No la había buscado, lo oyó dentro de sí con una nitidez desagradable. Se levantó y fue al baño. Vomitar habría sido apropiado. No vomitó. Durante cuarenta y dos días no regresó al cruce. Trabajó, dio clases, visitó a su madre, fue al cine con Martín y otra colega, preparó una ponencia sobre relatos de casas embrujadas... La vida continuó con una facilidad que le pareció ofensiva. Había imaginado que matar a alguien —si aceptaba provisionalmente esa expresión— dividiría la existencia en dos partes, antes y después, pero no ocurrió.

El martes siguiente había que comprar detergente. El miércoles vencía el recibo del teléfono. El jueves un alumno entregó tarde un ensayo. El mundo no había sufrido ninguna modificación perceptible. Eso fue casi peor.

Una tarde Martín entró en su oficina con café.

—¿Te acuerdas de ese cruce que estabas investigando?

Elena no levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué cruce?
—El del plano.

Entonces lo miró.

—Ah, sí.
—Hubo otro accidente.
—Sí, lo vi.

Martín bebió.

—Qué mala suerte.

Elena esperó un poco.

—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—Por qué dices mala suerte.

Martín se encogió de hombros.

—Dos accidentes en tan poco tiempo.
—Ha habido más.
—¿Sí?
—Hace años.
—Entonces será un cruce peligroso.

Elena lo observó. Él sonrió.

—¿Qué?
—Nada.

Martín dejó el vaso sobre el escritorio.

—Ya estás haciendo esa cara.
—¿Cuál?
—La de cuando crees que alguien dijo algo más interesante de lo que realmente dijo.

Cuando se fue, Elena permaneció inmóvil. Dos accidentes. ¿Cómo sabía que habían sido dos? Después recordó que el primero había aparecido en el grupo vecinal. Cualquiera podía saberlo. Martín probablemente ni siquiera conocía el grupo. Entonces, ¿cómo? Aquella noche buscó su nombre entre los miembros. No estaba. Durmió mal.


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