Cada noche, cuando el sol terminaba de ocultarse por completo, la enorme familia de Vampi salía de la cueva, Vampi tardaba un poco más. Deseaba salir y estar toda la noche con su familia y amigos. Primero asomaba su nariz, luego una oreja y después la otra. Los demás murciélagos ya volaban sobre los campos y Vampi podía escucharlos. Hablaban entre ellos, reían e iban a toda prisa a comer higos, la cena favorita de Vampi y sus hermanos. Vampi también sabía volar, pero se quedaba casi inmóvil en la entrada de la cueva. Algo allá afuera le impedía salir.
LA GARRA
Una vez, caminó un poco por el borde de la entrada y, cuando estaba a punto de salir, creyó ver una enorme garra que lo esperaba justo afuera de la cueva. Su corazón comenzó a latir muy rápido. Dio media vuelta, entró a su cueva, se colgó de cabeza, cerró los ojos y esperó a que amaneciera.
Por la mañana, se acercó con temor a la entrada para ver si la garra seguía ahí. Entonces, descubrió que solo era la rama vieja de un árbol.
EL MONSTRUO
La noche siguiente, Vampi se armó de valor. Salió al campo y la garra ya no le dio miedo. Avanzó y, cuando comenzó a volar, creyó ver un monstruo aterrador que se movía sobre el suelo. Hacía un sonido profundo con cada movimiento. Vampi voló un poco más, pero el enorme monstruo se agitó con más fuerza. Su corazón comenzó a latir muy rápido. Dio media vuelta, entró a su cueva, se colgó de cabeza, cerró los ojos y esperó a que amaneciera.
Por la mañana, cuando salió para ver si el monstruo aterrador seguía allí, descubrió que en realidad era un grupo de árboles y arbustos que se mecían con el viento.
LOS OJOS
A la noche siguiente, Vampi voló sobre la enorme garra, sobre el monstruo aterrador y más allá. Cuando estuvo lejos, sobre la pradera, el corazón se le volvió a aceler.ar. El viento entre las ramas, el canto de las ranas y el agua del arroyo al chocar contra las piedras le hicieron temblar.
Después de volar un rato, creyó ver a una criatura de cientos de ojos escondida en la oscuridad. Se detuvo y se posó sobre una piedra grande. Estaba a punto de volar de regreso a casa cuando uno de aquellos ojos comenzó a acercarse poco a poco.
—Hola, yo me llamo Luci.
El corazón de Vampi se tranquilizó al ver que no era un ojo de una criatura.
—Hola, yo me llamo Vampi.
—Todos tus amigos pasaron por aquí hace rato —Le dijo Luci.
—Pensé que ustedes eran los ojos de un monstruo —dijo Vampi.
—¿Nosotras? Solo somos luciérnagas —respondió Luci.
La luz de Luci se apagó. De nuevo, Vampi quedó en completa oscuridad.
—Si tardas más, se van a acabar los higos —dijo Luci.
Vampi voló a través de la noche. Creyó ver decenas de nuevos monstros y criaturas, pero cada vez que se acercó descubrió que no eran monstruos, sino animales, plantas y cosas de la pradera. Voló lejos, hasta allá donde estaban todos los murciélagos comiendo higos. Después
de cenar, recorrió el camino de regreso. Poco antes de llegar a su cueva, vio a Luci, que también regresaba a su hogar.
—Hasta mañana, Vampi.
—Hasta mañana, Luci.
Vampi entró a la cueva, se colgó de cabeza, cerró los ojos. Pero no esperó a que amaneciera, sino que se quedó tranquilamente dormido.
A la noche siguiente, Vampi voló sobre la enorme garra, sobre el monstruo aterrador y sobre la criatura de cientos de ojos…
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