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Así me gusta definirlos, arbitrariamente.
Sé del cuento que hay de todo tipo: unos extensos y unos cortitos, a partir de dos cuartillas hasta sin límite. Es un relato que trata un «objetivo único». En algunos, el lenguaje lo es todo; en otros, es lo que pasa lo que importa. Sé que hay infinidad de formas de escribir uno, pero son como el cubo de Rubik: sólo hay una manera de que queden bien. Aunque se ha estudiado mucho, su morfología es un enigma. Concuerdo con Diego Muñoz Valenzuela, escritor chileno: «Puede especularse sobre la extensión, la forma, la trama, pero algo escapa a la definición; cada nuevo espécimen confirma una teoría y derriba otro centenar».
Se trata del cuento corto tradicional que escribían Chéjov, Inés Arredondo, Horacio Quiroga, Katherine Mansfield, Etgar Keret, Amparo Dávila, Raymond Carver, Elena Garro, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Clarice Lispector, Ryūnosuke Akutagawa, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Fabio Morábito, Verónica Murguía, Alberto Chimal, Mónica Lavín y Rosina Conde, entre otros.
De la novela sé que hay tantas formas de escribir una como habitantes en el planeta; de todos modos, la mayoría de esas formas van a fracasar. Sé que hay novelas que cuentan cosas que no existen y otras que cuentan cosas que sí existieron; que hay formas de salirse del modo tradicional de contar una y hacerlo de la manera más loca o interesante posible; que todas hablan del pasado, hasta las futuristas. Sé que hay ficción y metaficción, novelas con lagunas enormes y otras que no dejan ni una oración de descanso para el lector; unas cortas y otras muy, pero muy extensas.
De la minificción sé que le llaman ficción súbita; que hay ejemplos de una línea o dos, hasta de una cuartilla —una página—, pero que no es el límite de palabras lo que define a este género, sino la concreción absoluta, la condensación, la brevedad, el humor y, a veces, la intertextualidad. Deja una punzada cuando quitas la vista; comienza desde el título, aunque hay algunas que no lo tienen.
He creado el término «cuentroll» para referirme a aquellas microficciones o minicuentos que suelen tener una o dos palabras; incluso he visto algunos que consisten en un solo signo ortográfico. No los considero minificciones, ya que su intención parece ser más una burla del género que una contribución a él.
«El fantasma», todavía lo dejo en la categoría de Minificción y sólo por ser el primero que leí.
Sé de la poesía que es ambigua, de símbolos, y ha sido la misma desde hace milenios, a pesar de que cambia en cada momento. He leído sobre ella que es conocimiento, salvación, abandono, plegaria al vacío o, como decía Lizalde, que es la «muñeca fea» de la literatura. Sé que todo es poetizable, pero no sólo por el hecho de serlo. También sé que es una de las cosas más subjetivas que existen.
Del ensayo sé algo: hay un «debería» impregnado en cada línea; es prosa de no ficción nutrida de narrativa y poesía, en la que la opinión del autor está de por sí en todo el texto. Creo que es el único género inopinable: toda cosa que se opine de un ensayo está fuera de lugar.
De la crónica sé que todos la escribimos. Cada vez que ponemos una publicación en Facebook o un tuit sobre algo que nos pasó, hacemos una. Incluso si escribimos un diario, somos una especie de cronistas. Sé que la buena crónica está escrita con lenguaje periodístico-literario y toma en cuenta todos los sentidos. Sé que la verdad es lo único de lo que no se puede prescindir; que no es una noticia; que este género va más allá del qué, cuándo y cómo.